jueves, 22 de diciembre de 2016

Poesía contemporánea: Alberto Masa

La imagen puede contener: una persona, barbaAlberto Masa es una de las voces inimitables del panorama contemporáneo español que, como suele ocurrir, no recibe el reconocimiento que merece la originalidad de su capacidad expresiva, repleta de análisis preciso sobre la miseria humana, preciosismo fatalista y una inmensa cantidad de humor amargo. Masa es un bardo de la demencia, de lo insano que escondemos bajo máscara falsa de normalidad decente, de la auténtica que verdad que burbujea susurrante en las tripas. Nos retrata desde ese lugar que sabemos a ciencia cierta existe tras el espejo pero al que no osamos poner la mirada de la aceptación. Es un plato duro, extraño, no apto para estómagos débiles. Es un chocolate con pimiento habanero en su interior.

La persona solitaria y plural de este Cluedo de asesinos múltiples 


Mi oficio es conceder voz a un perro borracho. Tengo cierta adicción a llorar solo, desde pequeño. Veo imágenes de gente desconsolada en medio de un corralón de personas enfermas, todas ellas idas, andando de un lado hacia otro las que aún pueden sujetar sus piernas. Quien les mira se pregunta por qué no tiene capacidad para pertenecer un poco más al lado de la muchedumbre. Su cabeza se convierte en boca y mueve los mismos dedos a los que de vez en cuando se dirige para preguntarles “¿Por qué yo?”. Luego, ya en casa, cierra su cajón al tiempo que los ojos y observa, con cierta placidez, cómo su mente brilla y sus músculos se destensan. Esa persona, que es la que está de nuestro lado, ha de lidiar cada día con un Tourette severo. Reniega de la gente muerta a la que abraza de día. No lo hace por nada. Es así como se gana el tiempo. Una casa, el pan de su mesa y a veces vino. Ha de sobrevivir en un mundo plagado de números que sirven de escalón a más números. Esa persona solitaria, resuelta en un mundo entero, pongamos, sobrevive. Muere cada vez que duerme y sueña cada vez que muere y, al despertar, eso del vivir le produce pereza. Tras ducharse, peinarse, preparar un café y tomarlo a toda prisa, se alista en el lugar donde ficha y, como ya dije, abraza a muertos. Son los muertos una laringe destrozada y unos ojos que pacen quietos en el sobresalto de la luz de una diminuta ventana que da un parking vacío. La persona solitaria les dice que mañana será un día aún mejor que éste que acaba de empezar, y que no sólo lo ha hecho, entiende, para ella misma. El amor es un corral donde los enfermos babean flores y lloran desiertos. En los desiertos una bola cruza con desenvoltura el mapa de sur a norte, o quizás de norte a sur, sin fijeza en cuanto a los sobresaltos del rumbo. Una visita es un sueño natural en la petunia que descansa sobre el jarro de agua de los salones donde una voz, que es la mía, regresa a sí para decir que su oficio es un carcamal pidiendo morfina mientras la ciudad reparte sus llamas entre edificios más o menos discretos y bebés desertando de una madre que les da la leche en la penumbra de los festivales donde aún acuden niños de quince años a sentarse en una piedra y compartir un segundo cigarro. La vida es una carcoma, a veces, para la persona plural y solitaria, esa que chasque los dedos y le dice al mundo, que no es sino un reflejo poco cauteloso del enredo que padece, que por qué no acaba de una vez y punto. El risperdal pasa de mesa en mesa. Lo da una persona que no sabe a lo que atenerse y procura hacerlo desde el cariño. La mayoría de los locos no pone pegas. Tragan el alimento con el fin de sorber el agua, a veces zumo, que lo acompaña, porque esas gotas de un rocío claro son lo que le ha tocado al día de divina gloria sepultada por el ángel que se mece en su sinapsis. Lo juro, se dice para sí ese procurador de enfermedades y abrazos, yo jamás he entendido para nada este planeta que se acaba a las siete de la tarde junto con mi turno. En verdad, le dice a sus dedos, quien creó esto fue, en el

martes, 6 de diciembre de 2016

Montaña rusa: reseña en Doctor Motosierra

La bitácora crítica de Carlos Montero Fernández, Autopsias literarias del Doctor Motosierra, es una de las referencias mayores en el género de horror en España y se caracteriza por hacer honor a su nombre por la cruda franqueza, la precisión y el elevado listón que pone a los libros que reseña. Si el otro día en Facebook comentó que la lectura de Montaña rusa le había dejado "cagando ladrillos del gusto", ahora aparece la crítica completa, extensa y pormenorizada de mi volumen de relatos, con frases como:

[...] nuestra pequeña aportación hispana al género fantástico puede presumir de tener el inmejorable exponente en este estilo a Fernando López Guisado, autor madrileño que mucha gente conocerá por su faceta poética con premiadas aportaciones [...] Cuando uno termina de leer MONTAÑA RUSA lo hace con un cóctel de sentimientos a flor de piel: melancolía, tristeza, ira, pero también esperanza y lucha por nuestros mayores deseos. Relatos la mayoría de ellos llenos de vida y personalidad que hacen que no puedas esperar a leer el siguiente, pero al mismo tiempo deseando que el actual no acabe aún. Uno se siente a gusto dejándose llevar por la prosa de Fernando López Guisado, cómodo a la vez que expectante. Pero no se me olvida otro sentimiento que queda al finalizar esta lectura, y puede parecer precipitado o demasiado mordaz: la de que aún hay gente que es capaz de escribir por el mero placer de ver en papel las imágenes que su imaginación le trasmiten, que aún hay plumas que se mueven por las emociones, cuya tinta deja tras de sí solo arte, no ansias de fama y dinero. Que a veces sigue siendo el talento, y no lo famosa que es una cara u otra, el principal hilo conductor por el que se guían algunas editoriales para publicar sueños encuadernados. Y este, consejo de amigo, no debéis perdéroslo.

Montaña rusa: reseña en Cruce de caminos

Os dejo una nueva reseña de mi montaña rusa, en esta ocasión en la bitácora de David Gómez Hidalgo, Cruce de caminos, donde en la misma vierte opiniones como:

[...] Ah, Montaña rusa está dentro de los buenos libros de relatos, por si no había quedado claro. [...] Lectura intensa y quizás no recomendada para todos los públicos, es decir, el que quiera una lectura fácil que busqué en otro sitio. Cuando abres Montaña rusa sabes que te tienes que poner el mono de lector de los grandes momentos, aquellos en el que el autor te pide lo máximo y sobre todo la máxima atención. A cambio recibirás una increíble historia contado con exquisitez.


Porque nunca fue suyo

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