martes, 4 de octubre de 2016

El tiempo pasará ya no es lo que era

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Voy retomando el blog; no con la frecuencia que desearía, pero otros asuntos personales me han dejado poco espacio para contestar muchos mensajes que pronto irán recibiendo respuesta. El tiempo pasa demasiado deprisa. 

Y más para algunas películas.

Lo bueno de este asunto es que, con los años, uno va perdiendo vergüenza al mismo ritmo que los pelos en la lengua. El otro día me encontraba en una situación de las que llamamos especiales para un creador sensible: compartir un pedazo de mito como es Casablanca con alguien que la veía por primera vez.

La emoción me embargaba. Hay un antes y un después de esa película: te cambia la vida, te inflama, te transforma. Estaba allí, viéndola, en silencio, en silencio absoluto y sepulcral, anonadado. No me lo podía creer. 


Me estaba pareciendo un verdadero coñazo: absolutamente infumable.

Salvo algunos diálogos brillantes que se contaban con los dedos de una mano, generalmente cómicos, a cargo del grandísimo Claude Rains —que evidentemente no se tomaba en serio su papel del Comisario Renault—, un par de pinceladas tan chulescas como amargas de Bogart, eterno alcohólico en cenizas más áspero que una maroma de puerto, y el arrebatador duelo pugilístico musical entre el himno alemán y La Marsellesa, no le encontré más que defectos. En serio, me esforzaba en pasarlos por alto con el mismo dolor que uno se quita un velcro del cerebro. Imposible. 

La celebrada química del triángulo principal me resultaba menor que la de patos de goma varados en una bañera vaciándose: de Bogart (Rick) ya he hablado, emotividad de adoquín bajo la lluvia; Ingrid Bergman (Ilsa) siempre con rostro de necesitar una lavativa aún en los escasos momentos en que sonríe y Paul Henreid (Lazslo) con eterna expresión de esperar el autobús aunque le amenazan con meterle en un campo de exterminio, como si las cosas —en especial, sus cuernos— no fueran con él. Yo pasaba por aquí, señor nazi.

Se supone que este es el paradigma del romanticismo, el altruismo y la pasión a partir del siglo XX. El AMOR de película y grandes ideales, el ejemplo de la indecisión entre los deseos y los deberes para con el mundo y las relaciones, la crudeza de las elecciones vitales. Pues, de verdad, vaya preceptos de chatarra. Si el amor es eso, por favor, me pone usted una de calamares que lo voy a disfrutar mejor. Sin decir que, apreciada por gran parte de las mujeres que conozco, el modelo de mujer que nos venden es bastante pobre. En ese supuesto clímax de "tienes que subir a ese avión porque, si no, algún día lo lamentarás..." tuve la impresión de presenciar la despedida distante de una pareja homosexual cuya tibia relación es imposible por sus respectivos trabajos pero que hasta el último instante no han decidido quién va quedarse con el canario mascota común.

Ella, el canario, muy digna, no se agita mucho el coco: Para que voy a decidir yo, que lo hagan ellos.

Agradeciendo la aparición del famoso "The End" que ponía fin a la tortura, me giré temeroso para escuchar la opinión de mi acompañante. Pronunció una frase magistral, digna del busto de Lovecraft, que resume el metraje a la perfección.

—Pues ya le podía haber dicho que estaba casada, la tía zorra. Anda que...

A partir de ese momento, me he echado y me echaré muchísimas risas a costa de Casablanca. Por lo menos, para eso sí que sirve en esta etapa de la vida. Sobre el auténtico Amor, búsquenlo en otra parte. A este clásico, como al agua de Vichy, se le van rápido las burbujas. Por mucho que Ilsa fuera capaz, lo siento, Sam, yo no puedo aguantar más que me toques los... Digo, El tiempo pasará

Hasta la próxima grabación y recordad que siempre hay algo bueno y malo en la Verdad... Todo el mundo tiene una.

Buenas noches, Nueva Orleans.

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